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TOP GUN: Maverick: atravesar la zona de peligro y estar donde se tiene que estar

En 1986 Top Gun (Tony Scott) hablaba de aprender a reconocerse a sí mismo por sobre todo lo demás, por sobre la familia y los pares. Hablaba del aprendizaje de ser uno por sí mismo. Top Gun es de esas películas que al haberse convertido en un clásico, a veces no se espera su retorno por el famoso miedo a que lo rompan todo. 

Exactamente 36 años después y ahora dirigida por Joshep Kosinski (Oblivion, Tron: el legado) Top Gun: Maverick, como heredera de un éxito, parecería estar repitiendo la fórmula. De hecho lo hace y funciona porque convence trabajando desde la moldura que formó la historia contada hace más de tres décadas. Esta segunda parte es digna de una bienvenida con aplausos cerrados y en consecuencia sí, que vuelvan los clásicos si cada elemento está en la misma sintonía.

Maverick (Tom Cruise)

El tiempo parece haber atravesado la velocidad de la luz y mantuvo a Pete ‘Maverick’ Mitchell (Tom Cruise) siendo uno de los mejores pilotos de prueba aéreo. Esto después de rechazar continuar como instructor, idea instalada posteriormente al clímax de la película del 86. Esta vez las turbinas vuelven a encenderse sobrecalentando la relación ruso-estadounidense y una misión contra las fuerzas rusas necesita del piloto más fugaz de todos… Pero en este caso Maverick no es necesario para manejar los controles. Es hora de que instruya a una nueva generación de aviadores para cumplir con éxito lo que el deber solicita y si no acepta, toda posibilidad para Maverick de volver a pilotar es factible de quedarse sin combustible: de por vida. Este es el planteamiento general de Top Gun: Maverick, que además de englobar un elenco de renombre con Jennifer Connelly , Jon Ham y Val Kilmer de vuelta en su papel como Iceman, trata sobre la importancia de comunicar lo aprendido y romper con las limitaciones personales.

Si algo tenemos que elogiarle a Pete ‘Maverick’ Mitchell es lo concordante en la construcción de su personalidad, la coherencia que mantiene en relación a su rol en la película anterior. Aunque es un Maverick más medido, maduramente jovial, evaluativo y pensante respecto a las elecciones que hace (e hizo), continúa sin renunciar a su modo de ser. Por eso volver a Top Gun es mirarse con un pasado prácticamente intacto. E intacto refiere a las diferencias y conflictos. Los fantasmas de Maverick en relación a la muerte de su amigo Goose se encarnan en el hijo del fallecido, Rooster (Miles Teller), quien con su presencia permite que las decisiones y promesas de Maverick hechas años atrás se pongan en tela de juicio. Una tela tejida por el mismo protagonista.

Imagen propiedad de Paramount.

De promesas estamos hechos y a quienes se las hacemos puede importar más de lo que lleguen a repercutir. Maverick y Rooster apenas cruzan palabras. El orgullo parecer ganar más y el calco perfecto que es Rooster de su padre, además de sus delimitaciones estando en los cielos, ponen a Maverick en la disyuntiva entre elegir qué tan listo está Rooster para incluirlo en la misión nacional o dejarlo en tierra y evitar que sufra el mismo destino que el padre. Pero si las decisiones no cuestan para qué son decisiones entonces. Ninguna es fácil, pero una hay que tomar y esto se los dejo para que lo descubran en la película.  

Maverick
Rooster (Miles Teller)

En esta segunda parte en todo momento está presente esa sensación lúcida de que la historia continúa inmediatamente finalizada la anterior, de que los años estuvieron inmóviles, de que la historia de Maverick supo esperarnos para seguir escribiéndose.

Ser instructor para él no es una cuestión sencilla. No se trata de enseñar lo que Maverick hace, sino de enseñar lo que es para que el resto parezca, lo cual no sirve de mucho y quedó claro en Top Gun del 86. En esta continuación vuelve a agarrarse la idea de exigirse a uno mismo, ahora transmitida a los nuevos pilotos y orientarlos a romper esa barrera personal del no poder.

Nunca sabrás qué puedes hacer hasta que subas todo lo que puedas” dice la traducción de la canción “Danger Zone” de Kenny Loggins, himno y leitmotiv de la película original y que certeramente mantiene esta entrega. “No es el avión, es el piloto. Arriba no hay que pensar, hay que actuar”, dice Maverick cuando las cosas se ponen complicadas, cuando el autoboicot empieza a volverse grupal entre los pilotos. Y así como hace 36 años atrás (y hoy ausente y sin explicación en el argumento) Charlie (Kelly McGuillis) supo valorar además de hacerle saber lo bueno que él realmente es sin importar limitaciones, tal como ahora Penny (Jennifer Conelly) la persona firme y nuevo interés amoroso le recuerda el porqué de sus decisiones, es el turno de Maverick de llevar, a los hombres y mujeres a su cargo y a nosotros espectadores, nuestras capacidades más allá de los límites permitidos. Límites a los que solamente nosotros hacemos marca.

Maverick marcando el camino.

Cada quien es capaz de lo que quiera, pero que sea consciente y se avive de que las inseguridades corren más rápido que aquel o aquella que esté dispuesto a ir hasta el punto de quiebre. Tenemos que atravesar la zona de peligro donde convergen el miedo y las inseguridades para estar en donde se debe. Por eso Pete ‘Maverick’ Mitchell está donde tiene que estar: en Top Gun, otra vez. Donde aprendió a ser él, construir su camino y a hacerse cargo de sus decisiones en aire y en tierra.

Top Gun: Maverick además de ser una secuela que intensifica el nivel de la original, importa comunicar lo aprendido, creer en los demás y en nosotros. Ser consiente del potencial, explotarlo y guiar el trayecto, ese que cada cual tiene en su radar personal y estar donde se tiene que estar.

Acá podés mirar el trailer… (o mejor sorprendete mirándola)

Autor

davidjuanjosepasos

Estudiante de la licenciatura en Artes Audiovisuales en la Universidad Nacional de las Artes. Guionista, cuentista y redactor.

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