Patriarcado y militarismo: ¿quiénes son las víctimas?

El patriarcado, como sistema de dominación, está presente en la construcción de nuestros imaginarios socioculturales y, como tal, deja huellas en múltiples aspectos de lo cotidiano, aunque no siempre seamos totalmente conscientes de ello. Roles, mandatos, prácticas, gustos, maneras de percibirse y vincularse, incluso el vocabulario que utilizamos, están fuertemente atravesados por la concepción patriarcal, dominante en nuestra sociedad.

Si bien la lucha feminista, en este sentido, ha logrado deconstruir una gran cantidad de supuestos y cosmovisiones, el patriarcado -como todo opresor- siempre encuentra la forma de filtrarse, sobre todo en discursos que se replican, año tras año, en forma de efemérides y que se han encargado de invisibilizar, históricamente, a las mujeres. Así, estas fechas y actos de memoria suelen despertar polémicas por la diversidad de perspectivas desde las cuales un mismo acontecimiento puede ser narrado, analizado y recordado. 

Alrededor del 2 de abril, el cuestionamiento suele caer sobre el nombramiento de sus protagonistas, como héroes -proveniente del sector nacionalista más arraigado- o víctimas del terrorismo de Estado, vigente entre 1976 y 1983, que jugaría su última carta en forma de guerra. Sin embargo, en una de las tantas noticias conmemorativas de este día, me encontré con la siguiente pregunta: “¿cómo transformar en víctimas a soldados de uniforme, con las armas en las manos?”. Y, rápidamente, se desató en mi mente la vinculación entre el militarismo y la construcción de feminidades y masculinidades hegemónicas, sobre todo desde la violencia y el autoritarismo patriarcal.

No es casual, entonces, que el nombre elegido para hacer alusión a esta fecha sea Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas; no por la falta de respaldo institucional que recibe el lenguaje no sexista en la actualidad, sino por el conjunto de características y valores alrededor del accionar militar que lo enlazan, directamente, con lo que se espera de un hombre en esta sociedad, tanto en comportamiento y accionar, como en lineamientos de pensamiento.

Es así que el dominio por la fuerza, la obediencia, la dominación, el control y la represión de toda faceta emocional se imponen como bases de la construcción de la masculinidad tradicional, trasladadas al campo de batalla. Imposiciones de un sistema que, a través del militarismo, se asegura de cumplir sus expectativas sobre lo masculino mientras relega, una vez más, lo femenino del ámbito público y político. En base a esto, me gustaría aprovechar este día para abordar dos cuestiones. 

La primera: hubo feminidades participantes de la Guerra de Malvinas. Lejos del discurso romántico que las delinea solo como madres y abuelas enviando cartas, ropa y alimentos a los soldados, atravesadas por el llanto junto a televisores y radios desde el interior de sus casas, existieron protagonistas en primera persona. Se trató de enfermeras, instrumentadoras quirúrgicas y voluntarias dedicadas a la atención sanitaria de los combatientes heridos, relegadas e invisibilizadas históricamente, lo que da cuenta no solo del lugar y las tareas que se esperaba que ocuparan las mujeres en la sociedad, sino también de las jerarquías y los tratos hacia ellas, a partir de relatos por parte de las tropas, que se han podido reconstruir colectivamente.

Una desvalorización constante que me lleva a la segunda cuestión que me interesa mencionar: la participación femenina en lo que gira en torno a Malvinas, por fuera del tiempo presente de 1982, específicamente a través del material audiovisual sobre la fecha, tanto ficcional como no ficcional. Cualquier documental, película o serie que se proponga trazar su trama sobre el combate bélico entre Argentina y Gran Bretaña, no solo suele tener un equipo de producción con supremacía masculina, sino que además ofrece protagonistas masculinos, habitualmente aguerridos y combativos que, ante la aparición de cualquier mujer, despliegan un nefasto abanico de actitudes machistas que tienen como único fin reforzar esa imagen de soldado con predominancia de hombría en todos los ámbitos de su vida.

Fuckland, la película argentina dirigida por José Luis Marqués, es un claro -odioso y asqueroso- ejemplo de esto dado que su argumento se basa en la llegada de un argentino (Fabián Stratas) a las Islas Malvinas con el proyecto de embarazar a las mujeres del lugar para repoblar las islas con generaciones de argentinos que, a largo plazo, contribuyan a su recuperación. Como si esto fuera poca cosa, el rodaje de la película se hace de forma clandestina, siguiendo los postulados del Dogma 95, invadiendo la privacidad de cada una de las personas que terminan siendo extras, sin ningún tipo de aviso ni consentimiento previo, con la excepción de Camila Heane, actriz inglesa que encarna el papel de isleña con la que Fabián se propone dar inicio a su «proyecto adelantado, precursor y pionero”. 

Un film tan desconcertante, como absurdo y funesto, que se jacta del famoso lema hagamos el amor y no la guerra de forma sumamente literal, desde su título y hasta en escenas que contraponen los campos minados que recorre el protagonista, junto al guía turístico, y la playa en la que violenta sexualmente a la mujer, traspasando todos los límites también desde lo verbal con frases del estilo: “empieza la temporada de caza, esta vez no te escapás, ovejita”; “qué pedazo de ballena, ni el bichero se le anima”; “definitivamente la filipina está en lista de espera”; “muy bien, se me van a hacer mierda adentro, joya” (luego de pinchar todos los preservativos que compra); y rematando, finalmente, con el postulado: “en veinte años son nuestras si otros patriotas siguen mi ejemplo”. Todo desde una voz en off detestable, que representa a la perfección todo el entramado estructural de nuestra histórica construcción sociocultural como argentinxs y el sistema que deja caer su velo sobre un sinfín de automatismos que se repiten, muchas veces, sin siquiera cuestionar y/o criticar.

En contraposición, nos encontramos con el libro Mujeres Invisibles, de Alicia Panero, quien recupera voces partícipes en el conflicto de armas que, por su condición femenina, debieron transitar los años posteriores en el olvido. Las feminidades mencionadas en esta obra son apenas algunas de las tantas que participaron de la guerra, aunque muchas de ellas nunca fueron reconocidas como tales. Panero, entonces, nos introduce en sus historias de forma intima y cruda, para ser testigos de las vivencias de estas mujeres que fueron silenciadas por más de 30 años, hasta poder contar la historia en primera persona. A su vez, a partir de la lectura de dicho libro, la senadora de La Rioja, Hilda Clelia Aguirre, presentó el proyecto para que las mujeres también sean reconocidas por sus labores en el conflicto bélico y se les otorgue una pensión vitalicia, al igual que a sus compañeros hombres.

Patriarcado y machismo. Feminidades y masculinidades. Cuerpos y armas. Dominaciones y violencias. Militarismo y guerras absurdas. Campos de batalla que, día tras día, año tras año, nos ofrecen nuevas minas para detonar.

Autor

Vanina Gerez

Estudiante del Profesorado en Letras. Escritora.

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