¿Pase o gambeta? Maca Sánchez y un abrazo feminista de gol

Ya se cumplieron los cuarenta y cinco, y acaban de adicionar tres más; el partido avanza y nada parece poner en peligro el resultado parcial, que en minutos será el final. Al lado mío, un nene le pregunta al papá qué club saldrá campeón si dicho resultado se mantiene, y el padre duda. Ante su falta de certezas, le comento al nene la cantidad de puntos, la diferencia de goles a favor y en contra, y las posibilidades que tiene cada equipo de consagrarse. Sin embargo, pese al interés demostrado por el nene, que pone atención a cada una de mis palabras, el padre interrumpe la explicación. Seguidamente, lo mira a su hijo y le dice “ya lo van a decir por el altavoz los que saben”, esgrimiendo una sonrisa burlona; la misma sonrisa con la que me fui de la cancha cuando, finalizado el partido, la voz del estadio confirmó todo lo que yo le había contado al nene minutos antes.

El ámbito futbolero no puede pensarse alejado de su matriz machista. Aún dentro del vientre de su madre, el pequeño niño ya tiene designado el club del que será hincha y una camiseta de tamaño reducido lo espera en este mundo, donde quizá lo duerman con canciones de cancha y no de cuna. Posiblemente, aprenda a patear una pelota antes que a poder mantenerse en pie por sus propios medios, y cuando comience a emitir los primeros balbuceos, el padre esperará ansioso que su hijo reproduzca el nombre del club contrario, seguido del insulto “caca”. Ni hablar de la primera canción de aliento cantada o del tan anhelado día en el que vayan juntos, padre e hijo, de la mano a la cancha por primera vez. Cada fin de semana esperarán ansiosos el partido de su equipo, pasarán tardes enteras jugando con una de las tantas pelotas que seguramente le han sido regaladas al niño, y compartirán camisetas, gritos de gol, cargadas a los rivales, tardes de fútbol y noches de comentarios; en fin, un mismo sentimiento los unirá toda la vida. Ahora bien, no pasa lo mismo con ella, la pequeña que será vestida de rosa al nacer (capítulo aparte) y a la cual el ámbito del fútbol le es negado. ¿Por qué a ella no la espera una camiseta, ni pelotas de fútbol para jugar? ¿Por qué nadie le enseña una canción de cancha, ni le preguntan de qué club es hincha? ¿Por qué no está invitada a ver ningún partido? ¿Por qué? “Porque las mujeres no saben nada de fútbol” sería la respuesta del padre del nene que me crucé en la cancha.

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Sin embargo, hace ya un tiempo que el feminismo viene ocupándose de este tipo de seres detestables, reivindicando la igualdad de oportunidades, derechos y privilegios entre hombres y mujeres dentro del ámbito del fútbol. Sin lugar a dudas, Maca Sánchez ha sido una figura determinante en esta lucha, convirtiéndose en la primera futbolista en firmar un contrato profesional en Argentina, de la mano de San Lorenzo de Almagro. Un logro, tanto personal como colectivo, conseguido luego de poner en jaque a los dirigentes de su club, UAI Urquiza, quienes la despidieron a mitad de un torneo, hecho que abrió el debate sobre la brecha laboral, contractual y salarial entre las categorías femeninas y masculinas.

La precarización laboral sufrida por Maca no solo vino a denunciar las desigualdades y las injusticas del negocio del fútbol, sino también el no reconocimiento de la labor de cientos de mujeres que trabajan como futbolistas. Asimismo, volvió turbulentas las aguas de los sectores históricamente machistas, en los que la mujer tiene participación mínima, cuando no secundaria, y siempre al servicio del hombre. Aspectos tales como que, en Argentina, solo Banfield presenta una mujer ocupando el lugar de presidenta, o que el mayor porcentaje de periodistas dedicadxs al deporte -y ni hablar si nos acotamos al fútbol- son hombres; también que tanto los medios de comunicación (con el Diario Olé a la cabeza) como los cánticos de aliento son misóginos y totalmente patriarcales, salieron a la luz con su reclamo, y ni hablar de las acusaciones contra su persona, que la llevaron a recibir amenazas y vivir con un botón antipánico, por el único hecho de ser mujer y querer vivir del fútbol.

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Es que históricamente ha existido la concepción de que si nos sentamos a ver un partido, seguro no entendemos nada; de que si emitimos un comentario sobre fútbol, siempre va a existir una opinión masculina que desacredite lo que dijimos y se tome como mejor que la nuestra; de que si nombramos a un jugador, es porque nos pareció fachero y todas anhelamos ser botineras; de que, si realmente nos ven comprometidas con la causa -entiéndase: tener camiseta propia, ir a la cancha, cantar con la hinchada, comentar la alineación, proponer un cambio, saber la diferencia entre córner y lateral- no podemos ser vistas como MUJERES (de la misma forma que el hombre que no se interesa por el fútbol, no puede ser considerado HOMBRE). Porque en este punto, lo futbolístico escapa de su ámbito exclusivo y una gran diversidad de factores ideológicos comienzan a funcionar, como cuestiones relacionadas al género, que son las primeras que saltan a la vista, estableciendo su normativa sobre las formas de ser, los gustos, la vestimenta, por citar solo algunos ejemplos. 

Porque la mujer fue y es un objeto para el hombre, no alguien con quien dialogar sobre fútbol, y mucho menos ver como competencia. Porque aquel que sepa menos que una mujer también será relegado del equipo de machistas futboleros y entrará en el grupo de los que, como también se escucha en las canchas, “son todos putos”. El macho y sus amigos machos, únicos participantes de la industria que hoy mueve millones: millones de pesos, millones de violentos, millones de injusticias.

El fútbol es mi rebeldía, primer libro de Maca Sánchez y editado bajo el sello de Penguin Random House, nos hace pensar en todo esto, no solo desde la lucha dentro y fuera de la cancha que su autora supo capitanear, sino también desde su trabajo de Directora del Instituto Nacional de la Juventud, donde milita activamente por los derechos humanos de jóvenes, mujeres y disidencias.

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“Rebeldía es plantarte contra el sistema, contra la sociedad, contra los que te dicen que no podés llegar a ser jugadora, que nunca vas a ser profesional, que el fútbol es para varones. Rebeldía es decir: ´No, el fútbol también es para mujeres, quiero ser jugadora de fútbol y voy a cumplir mi sueño (…) En un futuro, se podría hablar de un fútbol no binarie. Tenemos que empezar a incluir a las disidencias y las diversidades porque también están excluidas y existen sus infancias y adolescencias. Si a las mujeres se nos hace difícil, me imagino que a las travestis y trans se les hace aún más”, afirmaba Maca, en las antesalas del debut de Mara Gómez en la Primera Categoría de Fútbol Femenino en Argentina.

Un sueño convertido en lucha que transforma las gambetas binarias y machistas en pases de activismo y lucha feministas, que terminan en goles con forma de derechos, y en un libro que irrumpe en el binarismo de la infancia, en las clases de educación física que diferencian por género y deporte, y en la exclusión que existe detrás del placer de jugar al fútbol.

Es verdad que el día de la anécdota del comienzo no salió campeón mi equipo, y que sí lo hizo el clásico rival; pero me fui de la cancha con la sensación de victoria, sabiendo que había ganado, de alguna manera, una pequeña batalla contra ese padre, que se interesó por desacreditar un discurso por el mero hecho de que provenía de una boca femenina. Algo similar a lo que cuenta Maca con cada paso que da dentro y fuera del campo de juego, siendo referente de miles de mujeres, compañeras de lucha. Pequeños actos de rebeldía que, poco a poco, nos convierten en pares de esos sujetos, mal que les pese, porque no nos basta con coparles las calles, las camas, las plazas. Porque no vamos a parar hasta deconstruir tanto pensamiento retrógrado, a la vez que alentamos a los mismos equipos, vestimos las mismas camisetas y compartimos una pasión tan linda como el fútbol.

Autor

Vanina Gerez

Estudiante del Profesorado en Letras. Escritora.

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