No vine a ser carne, vine a ser espuma: Gata Cattana, freestyle y feminismo

El trap fue uno de los grandes temas de la semana pasada, luego de la mención a L-Gante, Wos y Trueno que hiciera Cristina Fernández en el marco de un acto público en Lomas de Zamora. Un sinfín de análisis y debates se sucedieron tras sus palabras, en relación a la utilización de la música como estrategia política, la caracterización del público consumidor, e incluso las letras de distintas canciones. Sin embargo, poco se habló del género en sí mismo y de su vinculación directa, no solo con la digitalidad, sino también con los mensajes militantes y populares que, históricamente, ha intentado propagar.

Si nos remontamos a sus orígenes, debemos comenzar haciendo mención al rap y, aún más atrás en el tiempo, al hip hop, un género musical nacido alrededor de los años sesenta en el Barrio Bronx de Nueva York. Fue allí donde la oleada de inmigrantes jamaiquinxs, que se asentaban progresivamente en Norteamérica, instaló el fenómeno de los soundsystems (batallas de sonido) en Estados Unidos, que rápidamente fue captado por distintos guetos negros neoyorquinos en fiestas callejeras.

Los graffitis son, sin lugar a dudas, una de las mayores atracciones características del mítico barrio neoyorquino
Ph: neoyorkando.com

Este tipo de música se convirtió así, desde sus inicios, en portavoz de muchas revueltas juveniles y culturales. El contexto socio-político en el que surgió y siguió su desarrollo lo posicionó como género en auge entre las clases populares como reflejo de tensiones ideológicas, en principio de la comunidad afroamericana, con una fuerte base contestataria.

Ya para los años setenta, con el auge de las migraciones latinas, este movimiento musical había sido adoptado como medio de expresión de problemáticas sociales desatadas a partir de la expansión urbana y, particularmente, de las condiciones de vida de los suburbios. Surgieron, entonces, el freestyle y el gangsta rap como mutaciones del fenómeno hiphopero original, que contaba también con otras manifestaciones artísticas, como el breakdance, el graffiti o el trabajo de los DJ´s

Rapear, en este contexto, y todavía en la actualidad, consistía en soltar palabras y rimas sobre una base rítmica -por lo que adoptó su nombre de la conjunción entre Rhythm and Poetry (RAP)-, una práctica que estaba a cargo de los llamados MC, personas que improvisaban desde la experiencia, ideología y creencias, para transmitir mensajes socioculturales.

Con el tiempo, esas improvisaciones devinieron en competencias, llamadas batallas de gallos, que incluso en sus orígenes se desarrollaban en galleras reales. La esencia de tales batallas es, hasta el día de hoy, la desarticulación del rival mediante la improvisación y el ingenio, en un tiempo determinado y bajo la mirada de un jurado, con la única regla de que no haya contacto físico entre lxs participantes, que se alternan entre el ataque y la defensa, contestándose por turnos.

Hay distintas maneras y técnicas para batallar. Algunxs utilizan conocimiento y otrxs, insultos. Hay, también, quienes se enfocan en el denominado flow, haciendo uso de recursos poéticos, como rimas o repeticiones, dejando entrever el carácter poético y retórico del rap. Lo mismo sucede con la oralidad, que se evidencia en las muletillas que usa el rapero para ganar segundos en donde poder armar respuestas, como los juglares utilizaban recursos mnemotécnicos o epítetos. La métrica, por su parte, depende del beatbox en el rap, base musical sobre la cual se arma la letra, acompañada a veces de sonidos vocales que son considerados arte. 

Inevitablemente, puede compararse el freestyle con la gauchesca poética en donde se debatían temáticas universales al son de la guitarra y dejando entrever la sabiduría de los payadores. ¿Acaso Martín Fierro sería un adepto al rap si hubiera nacido en nuestra actualidad?

Finalmente, a principios de los noventa, en los barrios más empobrecidos de Atlanta, comenzó a forjarse un nuevo submundo musical, manteniendo las bases de la reivindicación de las clases marginadas, pero utilizando a su favor los más recientes avances tecnológicos: sintetizadores, autotune y nuevos beats digitales mezclados con irreverencias lingüísticas en pos de difundir mensajes críticos y denunciantes ante un sistema desigual en todas sus aristas. Un género que, ya en el siglo XXI, está directamente relacionado con la democratización de la producción y distribución de los productos musicales -y artísticos en general- gracias a las plataformas que permiten crear y difundir por fuera de las grandes discográficas, construyendo caminos independientes dentro de la industria musical, con propias reglas que le escapan a los valores neoliberales.

Si bien tanto el trap como el rap fueron, históricamente, ambientes dominados por hombres -tanto en lo que respecta a referentes, como en las temáticas de las canciones-, las bases contestarias del género no tardaron en ligarse con la nueva ola feminista. Hace no mucho tiempo que se empezaron a escuchar voces femeninas sobre las bases del beatbox, muchas de las cuales optan por denunciar la discriminación e invisibilización que sufren dentro del propio ambiente musical del rap. 

Gata Cattana – Ph: weslay.es

Uno de los casos pioneros y más emblemáticos, sin lugar a dudas, fue el de Gata Cattana, quien marcó todo un hito dentro de la industria del freestyle

Ana Isabel García Llorente, más conocida como Gata Cattana, fue una poeta, rapera y politóloga andaluza que fundó las bases de un rap feminista cargado de mensajes reivindicativos y políticos en clave poética, fusionando a su vez el ritmo característico del género con el flamenco y sonidos electrónicos. En toda su obra artística puede verse una clara búsqueda de diversidad temática, pero siempre militante, alrededor de la historia y la cultura, la globalización y la introspección, la filosofía y la contemporaneidad, entre tantas otras.

Hasta el momento de su fallecimiento, en 2017, la artista contaba con tres álbumes (Anclas, Los siete contra Tebas y Banzai) y un único libro publicado: La escala de Mohs. Sin embargo, a fines del año pasado, se dio a conocer No vine a ser carne, una antología que reúne textos inéditos, provenientes mayoritariamente de su adolescencia, en los que ya puede leerse el tono combativo que caracteriza toda su obra.

Editado en Madrid por Aguilar, como parte de la Colección Verso & Cuento, esta compilación reúne poemas y textos en prosa, como es el caso del ensayo “Acerca del hembrismo y otros delirios” donde Gata habla de los micromachismos y la violencia estructural contra las mujeres. 

Sus letras, claramente, sirven de manifiesto ante los mensajes machistas en un ambiente con competidores y público predominantemente masculino, que festejan las rimas sexistas, que cosifican a la mujer, y ni hablar de la discriminación sexual que ejercen para con ellas. En este contexto, ya hay incluso movimientos que buscan la profesionalización sin distinción de género, como la Federación de Freestyle Femenino, y que tienen a Gata como estandarte de lucha.

El rap feminista, sin lugar a dudas, viene a denunciar las rimas cargadas de misoginia, de patriarcado, de desvalorización, que son aplaudidas. A su vez, conserva toda esa mística de poesía barrial contemporánea, con grandes marcas de oralidad que ven en quien rapea unx vocerx que, con su militancia, difunde el mensaje de grupos y comunidades enteras.

Una literatura oral que hoy, de la mano de los recursos digitales y las plataformas virtuales, se crea sus propios campos internos de batalla porque sabe que nadie la puede acallar. 

Escucha a Gata Cattana recitando sus poemas acá.

Autor

Vanina Gerez

Estudiante del Profesorado en Letras. Escritora.

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