Mamá siempre está

Un silencio absoluto invade la sala, no se escucha ni siquiera el sonido de las cámaras que estuvieron presentes desde el inicio de la función, de todos aquellos que quieren capturar cada momento de la historia.

Todo queda oscuro, hasta que un foco se ilumina sin razones lógicas, a lo mejor resplandeciendo por una fuerza sobrenatural de esas que nunca pueden explicarse pero, que de alguna manera, la sentimos dentro nuestro. O, tal vez, no tenga alguna explicación, porque quién dijo que todo tiene que tener un por qué; quizás simplemente ocurre porque sí.

De repente, el silencio se rompe y las manos, que hasta hace algunos minutos solo tenían el objetivo de limpiar nuestras lágrimas, ahora aplauden tras la mezcla de sentimientos que atravesamos durante toda la obra.

Mamá está más chiquita es la de obra musical de Ignacio Olivera y Juan Pablo Schapira, dirigida por Marcelo Albamonte, la ganadora de la Bienal de Arte Joven de Buenos Aires en 2017, y que cumplió el último jueves 40 funciones. Quién hubiera imaginado que, luego de su creación hace varios años atrás, cuando solamente era un puñado de ganas, hoy estaría haciendo su tercera temporada a sala repleta.

Seguramente tiene que ver con algo que todos coinciden, inclusive los actores: “cuando leí la escena y escuché la canción que me mandaron dije ¡ay! esto es algo serio”, afirma Déborah Turza, quien interpreta a Rita, “La madre pulpo”, como ella la define al hablar de su personaje. “Tuve como un enamoramiento medio a primera vista”, añade Tomás Wicz, encargado de caracterizar a Diego, el mayor de los hijos, que es secundado por Paloma Sirven, en la piel de Clara, la menor de la familia, quién ya había sido cautivada por la obra desde el título.

Con músicos en vivo, la obra narra la historia de una familia, que podría ser la de cualquiera que se hiciese presente en el Galpón de Guevara cualquier jueves a las 20.30, donde Rita está a cargo del barco, como le gusta decirle a su hogar con sus dos hijos, ambos distintos entre sí, pero con un cariño que emerge incluso en los momentos más duros, como en cualquier pelea entre hermanos que después termina a los abrazos.

“Diego es una persona que tiene una forma de percibir el mundo distinta, con una sensibilidad especial, y es una persona que en su condición y en su forma de ver las cosas, no puede distinguir mucho entre la fantasía y la realidad. Como que se mueve a partir de eso y enfrenta a la realidad desde la fantasía”, aclara Tomás.

En cambio, “Clara, es una adolescente, un poco incomprendida, no solo por ser adolescente, sino porque siente una exigencia de parte de su madre que le pide ser más adulta de lo que realmente es”, señala Paloma. Incluso su novio, Germán, interpretado por Nahuel Quimey, la presiona a crecer más rápido al ver, como dice su protagonista, que “no tiene espacio en la familia”, al igual que Alicia (Beatriz Dellacasa), la madrina de los chicos, que aparece en sus vidas después de varios años.

Mamá está más chiquita es una obra que nos interpela en cada escena, inclusive en los momentos cómicos, donde, a pesar de nuestras risas por alguna situación que seguramente hemos vivido, nos dejara pensando en la forma que reaccionamos, en como sentimos y vivimos con los demás. Las similitudes son constantes, y es lo que lo hace mágico y le permite llegarnos a lo más profundo al vernos reflejados con esta familia que, aun en los en los momentos más complejos que podemos llegar a atravesar en nuestro hogar, siempre encontraremos un camino que nos llevara a una respuesta que ya conocíamos, que nos enseñó mamá.

Autor

Matías Sánchez

Periodista. Co-fundador de Simbiosis Cultural.

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