Lo sísmico en lo cotidiano: De la noche a la mañana, Manuel Ferrari

A Ignacio Roma (Esteban Menis) se le sismifica —bienvenido el nuevo término, si se me permite—  la vida: es docente universitario de arquitectura y acaba de enterarse, de la noche a la mañana, que va a convertirse en padre junto a su novia, Inés (Rosario Varela). En la película de Manuel Ferrari esto es la excusa, lo que transcurre en la superficie, porque hay algo más, siempre lo hay: la complejidad en la búsqueda de un aparente sin rumbo del ser o del no querer ser, aquello a lo que nos arrastra la inercia cotidiana.

“La idea de paisaje denota siempre un escenario y un espectador. Una serie de valores que el espectador deposita en el escenario y una serie de técnicas desarrolladas para representarlo o construirlo según su mirada”, cita Ignacio Roma en una de sus clases a modo de ponernos a tono con el cuestionamiento de la película.

A veces, algo externo a nuestras manos nos obliga a dar el paso afuera del casillero rutinario. Nos movemos como si la marea diaria de la costumbre dominase las decisiones personales, evitando ponernos de frente con ciertos paisajes de los que, a veces, buscamos escapar. En Ignacio, ese algo externo se encarna en el viaje a Chile por el seminario académico en el que debe participar en la Universidad de arquitectura en Valparaíso, el cual nunca termina llevándose a cabo. 

Ignacio levanta vuelo casi empujado por Inés, como si lo invitase, en un subtexto marcado, a emprender este viaje porqueeso es importante para él”. Pero el seminario es solo la excusa que patea el confort. Lo realmente importante es el saber quién es realmente y qué quiere de sí; quién y qué quiere Ignacio Roma para su vida.

A partir de este punto empieza el juego de metáforas que atraviesan y constituyen el nuevo paisaje que tiene ante sus ojos, aunque Ignacio va a tener que tomar distancia para decidir si esa belleza, que se revela en el paisaje cuando se lo contempla desde lejos, se corresponde o no con la vida que lleva hasta el momento. 

En Valparaíso, las casualidades se encargan de marcar cuál parece ser el camino: dejar ir al hombre que acaba de llegar, a través de la pérdida de sus pertenencias, e instalar la incomunicación con su mujer en Buenos Aires. Nada es sencillo de la noche a la mañana porque Ignacio tiene el don excepcional de posponer inconscientemente las cosas, aunque es incapaz de posponer ese miedo a negarse a hacerse cargo de las cosas que conforman su vida: los deseos frustrados, el pánico a enfrentarse con aquello que pudo haber sido de él y las oportunidades que se ponen ante sus ojos. La inestabilidad del océano pacifico y el pánico de agarrar el timón -el timón de su vida y decisiones de una vez- encarnan la inseguridad de afrontar su mundo, del mismo modo que lo sísmico del paisaje chileno, el cual toma forma únicamente en su percepción, y que está ligado con la negación de un cambio posible.

Ignacio Roma nos lleva de la mano por su odisea en el país vecino con sus actitudes casi adolescentes poniendo en pantalla esas cualidades, quizás inmaduras, dependiendo del ojo tajante que las mire, que mucho tienen que ver con el miedo a lo nuevo y a las sacudidas del confort al que estamos acostumbrados y del que, seamos sinceros, a veces pedimos a gritos que no nos saquen…

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