Lo quiero ya, un acercamiento a nuestros fantasmas

En una escena de tan solo veinte segundos, Chaplin no solo sintetiza todo el argumento de Tiempos Modernos, sino que además, representa cómo operaba el sistema capitalista en las urbes de principios del siglo XX. La clase obrera representada por Chaplin ingresa, en un acto de enajenación, dentro de una de las máquinas de la fábrica donde trabajaba. Se amolda a una estructura que no le es parte y se convierte en un engranaje forzado dentro del sistema.  La creación de las ciudades modernas se dan bajo las condiciones de este ingreso, la Revolución Industrial acentuada induce a que sus habitantes se internen dentro de un espacio que les resulta ajeno con el fin de poder solventar sus necesidades. La máquina avanza unidireccionalmente; su estructura abruma y atenta con la constitución de los sujetos sociales de la ciudad. Hasta que se estipula que Chaplin no es funcional dentro de la diagramación del sistema: Al obrero se lo expulsa de la máquina para corregirlo dentro de las instituciones estatales y reinsertarlo posteriormente.

La ciudad que reflejaba Tiempos Modernos en la década del 30 fue avanzando y esa configuración arcaica de la máquina industrial fue transformándose hasta toparnos con la obra dirigida por Marcelo Caballero Lo quiero ya, que nos muestra en su escenografía una configuración mas que interesante de la constitución de las ciudades modernas.

“La vida en la ciudad viene a ser una especie de juego. Elegimos el tablero del Pacman porque el laberinto es una buena metáfora sobre lo que es una ciudad para nosotrxs, que tiene que ver con estar todo el tiempo corriendo de fantasmas, sumando puntos, comiendo sin parar, en el que no hay salidas, lo único que se obtiene es un pase de nivel. Pasas de nivel, pero eso te muestra otra vez lo mismo y otra vez lo mismo”, explica el autor.

La escenografía construida a partir del tablero del Pacman no solo presenta en primera instancia una temática lúdica en el que unx está trazado bajo el goce y el placer continuo en las sociedades modernas, sino que además refleja un cambio en la unidireccionalidad denunciada en Tiempos Modernos. Allí, en este laberinto nos encontramos inmersos lxs Pacman y lxs doce actores reflejan las distintas posibilidades que nos da una ciudad configurada desde la multidireccionalidad: profesora de Yoga, empleada de peaje, médica, empresario, entre otrxs. Esta construcción nos refleja una mayor libertad dentro del sistema, que no deja de ser supuesta.

El subdirector Martin Goldber expone al respecto que “Los actores reflejan metas para poder acoplarse a la sociedad, de ser parte. Tenés que llegar a una meta o a una ‘zanahoria’ a la que correr. En esa carrera de alcanzar ´las zanahorias´ uno nunca llega, hasta que llega un punto en el que unx se da cuenta que esa carrera no es la que quería correr, sino la carrera que quiere correr otrx. Entonces en esa neurosis, en esa vorágine de no saber si la carrera es la correcta, ahí está la explosión.” Las reglas del juego generan que lxs pacmans tengan una avanzada continua dentro de los engranajes de la ciudad. En el recorrido se encontrará las fuentes de comida que lo mantendrán constantemente activo. El pacman avanza sobre el laberinto, pero su alimentación nunca se traslada a su condición, siempre está igual. El deseo de obtener “las zanahorias” que nos crea la ciudad se presenta bajo una constitución efímera y vacía. Como pone de manifiesto Byung Chul Hang durante toda su obra teórica, la explotación de lxs sujetxs sociales ya no se da en la actualidad desde un trazado verticalista como se refleja en la fábrica de Tiempos Modernos, sino que los mecanismos de poder se constituyen desde la autoexplotación.

En Lo quiero ya los actores conviven bajo esta condición, lo que genera una vertiginosidad que interpela al público inmediato que se encuentra observando la obra. La necesidad del avance constante en el que se ven sometidos lxs actores, generarán la aparición de fantasmas con los que tendrán que convivir mientras se alimentan dentro del laberinto. En una constante convivencia con los fantasmas, lxs pacmans combaten en ciertas instancias contra ellos con el uso de psicofármacos (como sucede con la médica) o con el asesoramiento de un coaching neoliberal (ayuda que obtendrán todxs lxs actores durante la obra). Cuando lxs pacmans se los comen no harán otra cosa que emerger nuevamente. Estar dentro del laberinto generará las condiciones para que nunca desaparezcan. 

El punto cúlmine que debemos afrontar es cuando se finaliza el juego. Hecho que no se muestra en la obra y se construye desde lo no escenificado. Lxs pacmans perdemos cuando los fantasmas nos acorralan y nos tocan. Desaparecemos. Quizás en esta acción lo que ocurre es el fenómeno que está aquejando a las sociedades modernas: el burn out. Ya no se extirpa al sujeto social de la máquina. El sometimiento individual hará que las personas de las grandes urbes lleguen a una instancia de sobreexplotación que provocará la caducación, quemarse el cerebro y ser eliminado. Podrán resurgir porque el juego nos da la posibilidad de revivir, pero se volverá al mismo sistema y nuevamente volverán a emerger los viejos fantasmas. Se convive con la posibilidad de ser atrapados nuevamente. Este escenario que marca un supuesto, traza que esas desilusiones que aparentan ser explícitamente individuales, son en realidad colectivas.

Autor

Ignacio Allende

Estudiante de Licenciatura en Letras

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