Explota explota: tener un sueño, usar la voz y seguir bailando ante la censura televisiva en los años 70

El musical como género plantea una dicotomía entre “lo real” y “lo ilusorio”. Diría que divide las aguas populares. No todos quieren surfear el oleaje hiperbólico que el musical tiene como característica principal. Entonces me regalo un tiempo, evoco musicales y el sistema hollywoodense abre la puerta y entra con toda su brillantina despampanante e incandescente que nunca se acaba. Explota explota (2020), la ópera prima española de Nacho Álvarez, posiciona la comedia musical directamente en nuestras manos, con las canciones de Raffaella Carrá como principal motor narrativo. Lo hace íntimo y cercano: lo vuelve conocido, nos resulta familiar. Y se pone de pie frente a la censura.

El argumento sigue a María (Ingrid García – Jonnson), una joven que deja a su prometido italiano en el altar y se sube a un vuelo de vuelta “a casa”, a España. María tiene un sueño: triunfar en la televisión como bailarina en el programa “Las noches de Rosa” en la TVE (Televisión Española). Pero el anhelo del sueño y el surgir del amor que todo lo puede comparten el mismo espacio: Pablo (Fernando Guallar), a quien conoce en el aeropuerto de Madrid mediante la clásica táctica de los destinos que se tropiezan, aunque acá tiene otra lectura por una sola cuestión, que estamos en el año 1973, en pleno contexto de una España en dictadura, implícita y “fuera de campo” en la película, hasta cierto punto.

María (Ingrid García- Jonnson) – Pablo (Fernando Guallar) en su primer encuentro.
Detrás el cartel de «Las Noches de Rosa»

Durante la primera secuencia nos sentamos en el avión. María llora, acaba de subirse decidida a dejar todo atrás, a ir por lo que quiere. Las azafatas la ven y se apiadan de su pena: porque una de las cualidades de los musicales es ser empáticos y siempre saber (y poder) cantar lo que callamos. Y eso es motivo de festejo. Entonces empieza a sonar “Adiós amigo”. Esta primera canción transmite la idea general del argumento. Habilita el paso a la cercanía, la identificación con María y más adelante con Pablo. “Adiós amigo” automáticamente nos hace uno con la historia porque predomina el valor, la importancia de qué dice la canción y el sentimiento y naturalidad del baile por encima de la técnica. Eso no hace más que llevar de la mano y borrar la idea de la espectacularidad incesante típica del musical hollywoodense, que a veces lo vuelve lejano. Por supuesto que acá el peso del repertorio de Raffaella corona la función. ¿Y quién puede esperar menos? Raffaella entra en escena desde la memoria. A la fuerza de sus canciones y el lugar que tienen en la película, se quiere pensar más allá de cuestiones de imágenes visuales estéticas. O el espacio bien ganado que ocupa en la memoria popular que perdura intacta con su magia y vigorismo. “Adiós amigo” le dice a María, te dice a vos. A mí: “El cuerpo te dice de pronto que no seas tonto y lo hagas bailar. Bailarás todo el tiempo del mundo, bailarás hasta no poder más. Pero tú baila dale que dale, nadie ha muerto jamás por bailar…

No puedo dejar afuera la fuerza y significación de la figura de Raffaella en la comunidad LGBTQ y sumarla para repensar la lectura del argumento. Figura que con su mística, que aún perdura, nos dio una posibilidad de escape. De entregarnos, invitarnos a darnos la oportunidad de sentir y disfrutar, porque siempre hay una razón para hacerlo. De bailar, de cantar a voz sentida en medio de un ambiente con sinónimo de “¡Fiesta!”. De tener un resguardo ante la mirada censora social que siempre nos mantuvo y mantiene, asegurar la supresión de esa mirada en los tiempos en que vivimos sería conformista, en los “detrás de cámara” culturales y las normativas de aquellos que insisten en medir y catalogar lo “decente”. Si digo Raffaella, estoy diciendo disrupción. Y si pienso en Raffaella, pienso en el baile, en el fluir del cuerpo en el escenario. Pero también estoy hablando sobre el sufrir la censura a un goce por la expresión de lo artístico. La irrupción de su música no calzó bien en gobiernos con mandatos dictatoriales, y la película de Nacho Álvarez simboliza, sin explicitar lo redundante, el aura de las imposiciones en la televisión; en María y el verse limitada su esencia de baile, y en Pablo y el cumplir con su labor.

María (Ingrid García – Jonnson) y Pablo (Fernando Guallar)
Créditos imágen: Julio Vergne

Nacho Álvarez maneja la puesta en escena con una gama de colores encendidos capaces de generar una alegría estética que inunda los espacios exteriores y los números musicales en el set televisivo. El aeropuerto de Madrid es el lugar donde convergen los elementos que predominan en el argumento a futuro. Ahí, donde María y Pablo forjan por primera vez su vínculo, a través de un flechazo de miradas claras ante la presencia del cartel de “Las noches de Rosa” y sus Roset, al fondo de la imagen. El baile femenino y las cuestiones éticas de lo decente, que parece estar en riesgo, forman parte del mismo espacio durante toda la película. El detalle es que Pablo es asistente del censor del canal, su propio padre, Celedonio (Pedro Casablanc), y encargado del recorte y selección del material audiovisual que respete y haga honor al “Código de buenas costumbres”, escritos en el manual que nuestro protagonista lleva encima al momento de este primer encuentro y el cual, con mano fugaz, no permite que María lea. 

De esta manera, el musical de Nacho Álvarez nos pone entre dos vertientes: el deseo de María de llegar a la televisión y bailar dentro del grupo de “Las Roset”; y el llevar adelante su relación con Pablo, quien acarrea la disputa entre responder al pie de la letra al legado de las buenas costumbres para satisfacer a su padre, cumpliendo con las reglas de censura y acompañando de la mano la llegada de María al universo televisivo; a María y su libertad de ser con el ritmo en su cuerpo y de quien sabe “separar lo decente de lo indecente”.

En el centro: María (Ingrid García- Jonnson) como una de Las Roset

Llega la primera cita entre los enamorados, quienes saben que “para hacer bien el amor hay que venir al sur…” Pablo nos cuenta que escribe una tesis muy importante para él -más por mandato que por deber propio- sobre deontología profesional: “Separar lo que está bien de lo que está mal, lo decente de lo indecente…” Y una María con sonrisa que florece, quiere saber si: “¿Para eso hay que estudiar?” Y ya que estoy, sumo una pregunta más: ¿Qué es lo que separa lo decente de lo que no se debe hacer, o mostrar? La respuesta parece ser la distancia entre lo correcto y lo indebido; un trayecto que marca el largo de una pollera que se mide con regla en mano.

Existen varias formas de censurar, eso se sabe. Con razones que no tienen cierta lógica o excusa, o que no comparto. A veces aparece con intención determinada y otras se ejerce por lo expansivo de dicho “motivo” (lo que pasa con el personaje de Pablo). 

Las figuras femeninas en Explota explota toman lugar delante de cámara para cumplir con la estelaridad del show. Pero hay condiciones que cumplir y supervisiones que llevar a cabo antes de grabar “Las noches de Rosa”. Las Roset ponen a disposición sus cuerpos para la revisión máxima de centímetros permitidos por largo de pollera, y María lleva doce centímetros excedidos de indecencia. Aquella misma regla con la que supieron pegarle en el convento en la infancia por el simple hecho de querer bailar, es la misma que ahora mide y limita su oportunidad de brillar.

Pablo (Fernando Guallar) y María (Ingrid García – Jonnson)

El repertorio de canciones de Raffaella Carrá se extiende a los clásicos más conocidos (y algunos no tanto), entre los que está “Caliente, caliente”. Empieza a sonar la melodía. La cadencia de la voz de Rosa o “Angustias de España” (Natalia Millán), particularmente el escuchar la pronunciación de su caliente, es como un susurro vivo. Un susurro inteligente a la vez que sensual; lo bastante como para reírse y desafiar el recorte de censura. Un sonido que sobrepasa los demás planos sonoros y resulta ser la evidencia de la imposibilidad de reducir la fuerza y el poder de la voz… Rosa no solamente es la cabeza del cuerpo de baile, la estrella estelar. Rosa es, nunca mejor dicho, la voz de la experiencia que perdura y aconseja cuando María se ve limitada por decisiones ajenas.

En el centro: Rosa (Natalia Millán) y Las Roset, interpretando «Caliente, caliente«

Y las preguntas siguen apareciendo: ¿Qué peso tiene lo que se nos impone a hacer o lo que se espera de nosotros? ¿Qué lleva a querer renunciar al deseo cuando prácticamente estamos viviéndolo? Las vicisitudes entre María y Pablo siguen, pero el resto queda pendiente al público, al cual sugiero descubrir y disfrutar una historia que exhala frescura visual, musical y narrativa.

Explota explota de Nacho Álvarez es un musical terrenal. Un musical a la par nuestra con la esencia (y presencia) de Raffaella y el valor e impronta de sus letras. Una historia donde lo real y lo ilusorio se homogeneizan en un realismo inteligente. Y la fuerza de lo que amamos y deseamos hacer quiebra con ilusión, ritmo y canción, la censura que muchas veces nos rodea.

Disponible en HBO MAX:

Autor

davidjuanjosepasos

Estudiante de la licenciatura en Artes Audiovisuales en la Universidad Nacional de las Artes. Guionista, cuentista y redactor.

1 comentario en «Explota explota: tener un sueño, usar la voz y seguir bailando ante la censura televisiva en los años 70»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *