El principio de la diversidad: la sexualidad en disputa

En el año 1938, el entomólogo Alfred Kinsey inició la investigación que modificó la ruta que se tomaría de ahí en adelante para estudiar la sexualidad humana. Su obra, dividida en dos volúmenes (Comportamiento sexual en el hombre1948– y Comportamiento sexual en la mujer -1953-), fue la base de la legislación que rigió en Estados Unidos hasta 1995 y se convirtió en una de las investigaciones más controversiales emprendidas durante el siglo XX. Sobre esta historia se dibuja la obra escrita y dirigida por Marcelo Cosentino: El principio de la diversidad. 

Las luces azules y magentas centellean, alteradas. En el escenario, los personajes se ubican uno al lado del otro. Miran de frente al público, se confiesan. Lo que empieza como una serie de revelaciones culposas se conjuga en un grito desesperado: “¿soy normal?”. La pregunta no se responde inmediatamente, ni siquiera se responde de forma precisa, porque a semejante cuestionamiento no se lo puede responder con un monosílabo. Es algo que Alfred Kinsey, en la Norteamérica revolucionada de finales de la década del treinta, intenta explicar mediante reiterados monólogos que le sirven tanto de archivo como de expiación. Pero, para poder deconstruir la “normalidad” y los supuestos que se construyen en torno a cómo debería ser la sexualidad, tiene que emprender una búsqueda comprometida, arriesgada. 

Y la búsqueda empieza con un caso cercano. A raíz de un problema sexual de su esposa (Clara), Kinsey se decide a investigar el sexo abiertamente, sin prejuicios en el medio, sin contemplaciones religiosas. Lleva a cabo más de cinco mil entrevistas con hombres y mujeres cis-hetero de todas las edades. Incluye a sus amigues y conocides, a su esposa, dedicada enteramente a satisfacer las ambiciones de su marido. La fundación Rockefeller financia su investigación y Kinsey la convierte en su único propósito, saltándose toda norma moral, sin entender la profundidad de las consecuencias hasta que estas salpican su vida personal.

Las interpretaciones no dejan lugar para las medias tintas. El elenco se entrega a la rabia, al deseo, al dolor y al histrionismo de personajes plenamente atravesados por las circunstancias. Circunstancias que tienen como punto de partida a un Kinsey cada vez más frío, cegado por las ansias de ser quien fue: un pionero. Pero, como sucede con las ambiciones desmedidas, ser quien fue tuvo un precio. 

El escenario dispone únicamente de lo necesario. Una mesa, el escritorio del investigador. La misma mesa, el punto de encuentro de Clara y sus amigas, mujeres casadas de la alta sociedad que, con una copa de vino en la mano, discuten si escuchar a Billie Holiday es reprochable porque en buenas casas no puede sonar “música de negros”. El principio de la diversidad juega con los límites de lo tragicómico y desprende verdades brutas, encarnadas, poniendo en evidencia miedos y prejuicios, pero especialmente el factor que lo hila todo: la vergüenza. El principio y el fin de una investigación que, en su intención por develar los misterios de la sexualidad humana y romper con los tabúes que impiden su libre desarrollo, terminó desarmando (tal vez, de forma irreparable) vidas enteras. 

El principio de la diversidad se encuentra en la cartelera del Teatro Multiescena, los sábados a las 21 horas. Podés comprar tus entradas haciendo clic acá

Autor

Lucila Acciarressi

Redactora y estudiante de Licenciatura en Comunicación Audiovisual.

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