Distancia de rescate: denuncia y maternidad en un folk horror ambiental

El campo siempre es algo por explorar. Es silente y esconde algo que se agazapa en su apariencia natural. 

La directora peruana, Claudia Llosa (La Teta Asustada, Madeinusa) adapta Distancia de rescate (2021) a través de una mirada denunciante, la novela corta homónima escrita por la argentina Samanta Schweblin (Pájaros en la boca, Siete casas vacías, Kentukis). En Distancia de rescate el campo está intervenido; y el significado de esa distancia perceptiva entre madres e hijos, lo extiendo a cualquier vínculo con el ser preciado, se activa y entra en jaque cuando empezamos a develar lo siniestro.

David (Emiliano Vodanovich) – Amanda (María Valverde)

Qué es esa voz over, esa que escucho pero no veo en pantalla quien la emite hasta determinado momento. Qué es si no un susurro, que me arrastra esparciendo los diálogos, las reflexiones de una madre, Amanda (María Valverde) y el primogénito infante de otra, Carola (Dolores Fonzi), llamado David (Emiliano Vodanovich). Un susurro, casi como un secreto que cuenta lo que acaba de descubrir.

Amanda llega a la casa que era de su padre, junto con su hija, Nina. Una casa inmersa en el corazón del campo y de un lugar que, fiel al estilo del folk horror, poco muestra y mucho secretos calla, mientras el peligro hace pie en el vínculo entre Carola y Amanda. Una de ellas con raíces reticentes aunque echadas en la consecuencias de lo cotidiano del pueblo, la otra con la obligación a contrarreloj de reconstruir los hechos con foco en los detalles, para finalmente descifrar y comprender el peligro que la rodea. 

Detalles, minuciosidad pura. ¿En qué?   

Carola (Dolores Fonzi)

Hay quienes dicen que no hay nada como hacer contacto con el pasto en los días cálidos. Bien cortado, sus hojas metiéndose entre los dedos y acariciando la planta de los pies. Hacer conexión con lo natural. Me recuerdo acostado, respirando de cara al cielo, las nubes trasladándose de acá para allá y el sol que pela dándome en la piel. Siempre pasan pensamientos eternos en el momento de goce, pero qué tanto soy, qué tanto somos conscientes de lo intervenida que está la tierra en la que nos relajamos. Qué tanta mirada en los detalles ponemos a lo que tenemos al lado, a lo que somos parte. A el aire que desciende. Al aparente rocío de la mañana. A el agua que consumimos. A lo que nuestras manos tocan cuando hacen contacto con la hermosa flor.

Qué tanta presencia le doy, que tan presencia le damos a quienes están silenciados y desplazados, a los vistos como diferentes, a causa de las consecuencias territoriales a manos ajenas.

De izquierda a derecha: Amanda (María Valverde) – Carola (Dolores Fonzi)

En Distancia de rescate, a la narración la escoltan las voces que abarcan la sonoridad de la imagen y encabalgan los acontecimientos. A lo largo de un vínculo femenino cuyo entendimiento, en apariencia, va más allá del rol materno. En un lugar donde los habitantes no tienen otra opción que convivir con lo siniestro apelando a recursos de carácter esotéricos y de transmigración. Y la distancia de rescate puede ser, sí, lo que se pone en juego en los vínculos con quienes amamos. El mal cálculo de esa medida significa que todo se corte. Ese susurro materno que me expresa la incertidumbre del no poder, el miedo a la pérdida de su hijo. El miedo a la muerte del vínculo. Puede ser también la disconformidad arraigada a lo desesperante de ver el horror, ese que acapara lo conocido para volverlo impropio, reflejado en la figura filial. 

Pero la distancia de rescate está trazada; construida ahí, donde lo que ignoramos en la convivencia cotidiana espera a ser descubierto. Y empieza a visibilizarse.

Disponible para ver en Netflix.

Autor

davidjuanjosepasos

Estudiante de la licenciatura en Artes Audiovisuales en la Universidad Nacional de las Artes. Guionista, cuentista y redactor.

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