¡A DIRECCIÓN! Pero con glitter y banderas multicolores

Abro el buscador. Googleo la palabra orgullo. La pantalla se divide en tres secciones visiblemente diferenciadas. En la barra superior, los colores y brillos de una bandera que se extiende de un extremo a otro de la pantalla. A mi derecha, imágenes que, a través de lo que pretenden ser frases del estilo motivacional, establecen una sinonimia entre orgullo y soberbia como la “valoración de unx mismx por encima de lxs demás”. Por último, a mi izquierda, la definición de orgullo proveniente de la RAE: “sentimiento de satisfacción hacia algo propio o cercano a unx que se considera meritorio”. Copio y pego esta acepción. Modifico el lenguaje binario de la Real Academia Española y me detengo sobre la palabra meritorio, sobre su significado inherente de merecedor de reconocimiento. Googleo entonces sus posibles antónimos: indigno, reprensible. Sí, reprensible, digno de ser reprendido. Como cuando te llevaban a la dirección en la escuela y te sentaban de un lado del escritorio, en una silla que te hacía sentir chiquitx, en frente de esa voz que mirabas desde abajo, mientras te gritaba y daba lecciones de moral, a la vez que llenaba fichas con sanciones, cuadernos con notitas, y citaba a las personas que te tenían a cargo para que pudieran gritarte, todxs juntxs, en el colegio y en tu casa, haciéndote sentir cada vez más inferior.

¿Se te removió algo adentro? Sí, a mí también. Sobre todo porque me acuerdo de que el hecho de no haber ido nunca a dirección era considerado un mérito digno de destacar, te hacía ser superior en esa jerarquización meritocrática escolar, por el hecho de no ser unx alumnx problemáticx y subversivx. Concluyo entonces que los sistemas hegemónicos de poder siempre se han encargado de señalar y marginar la diferencia, el corrimiento de la norma, la puesta en peligro de la doctrina, que intentaba disciplinarse para encausar por fuera del camino del mal.

Quizás por eso, aunque esta vez estemos todxs adentro, y no haya fiesta ni marcha en las calles, el buscador y la pantalla se encargan de devolver una imagen, tan perfecta como cruenta, de la sociedad. Un sector de la derecha -bien jercarca, bien soberbio, bien represivo con lo que considera indigno- rodeado de insignias multicolores. Insignias bajo las que nos sentimos representadxs quienes luchamos, desde aquel día de 1969, por nuestra liberación de la silla de acusadxs, por el reconocimiento que se torna meritorio en un contexto que siempre enseñó a desmerecer lo que el yo etnocéntrico veía como diferente, castigar lo que consideraba vergonzoso y marginar lo que percibía como extraño por estar fuera de la norma. El orgullo se torna, entonces, una respuesta política y celebratoria de las identidades diversas en un mundo que educa para homogeneizar en pos de lo hegemónico, mejor amigo del binarismo y la heteronorma.

Los sucesos de Stonewall, ocurridos el 28 de junio de 1969, representan el inicio del camino de lucha del colectivo LGBTIQ+. Una lucha que incluye desde el derribamiento de estereotipos alrededor de la construcción sociocultural de los géneros, hasta sus implicancias en el lenguaje binario y sexista, y por supuesto el reconocimiento de los derechos identitarios de cualquier persona. La marginación en lo respectivo a los sistemas de trabajo, educación, vivienda y salud son los puntos principales que buscan reconocimiento y cambio, sobre todo teniendo en cuenta el nivel de violencia y discriminación que ha sufrido el colectivo históricamente. Sin ir más lejos, resulta inadmisible pensar que, hace exactamente un año, en nuestro país, Mariana Gómez era condenada a un año de prisión por besar a su novia en Plaza Constitución -pese a que algunos medios insistieran en respaldar al Estado y al sistema judicial bajo el motivo de “resistencia a la autoridad”. Dar pelea al régimen homotransodiante se vuelve, entonces, una obligación ante la necesidad de un combate, cara a cara, con los patrones socioculturales hegemónicos que se encargan de perpetuar el odio y la desigualdad. Y, bajo las banderas del orgullo, cuestionar desde la teoría, pero más aún en la práctica, los intentos de homogeneidad que poco saben de igualdad, derechos, respeto y dignidad.

La educación resulta, a mi parecer, central para el cuestionamiento de la construcción de estereotipos y de la dominación que doblega a la diversidad sexual y arremete contra la identidad de género. La literatura, y el arte en general, pueden resultar recursos claves para resignificar términos y prácticas dentro de la estructura heterocis dominante. En este sentido, en necesario revisar ambos sistemas, el escolar y el literario, a la luz de modificaciones en sus procederes canónicos y hegemónicos. La real implementación de la ESI y la inclusión de nuevos objetos -literarios, artísticos y culturales- a las escuelas contribuirían, en gran medida, a la crítica y la liberación, en términos de Paulo Freire. Es por eso que hoy, fusionando lo periodístico con lo pedagógico y literario, te traemos una selección de textos, en el sentido amplio de la palabra, para trabajar la ESI en el aula, en casa, en el trabajo, con estudiantxs, con la familia, con amigxs, con unx mismx, mirando con otros ojos todo eso que nos inculcaron y descubriendo nuevas lecturas en medio de tanto discurso sobre nueva normalidad. Aprender y desaprender, en la teoría y en la práctica.

 

Sobre construcción y deconstrucción de estereotipos alrededor de los géneros

-Cuento infantil: El príncipe vainilla y la princesa chocolate, de Norma Huidobro y Nancy Fiorini, publicado en 2011 por Editorial El Naranjo.

-Texto prescriptivo: Guía de la buena esposa, de Primo de Rivera, escrita en 1953. Versión en PDF, de libre descarga, disponible en maalla.es/Libros/Guia%20de%20la%20buena%20esposa.pdf

-Podcast: “¿Estamos cerca del fin de la publicidad machista? Masculinidad tóxica”, de Lala Pasquinelli y Laura Visco, para Mujeres que no fueron tapa, disponible en Spotify.

-Publicidad: “Mr. Músculo – No me ayudes”, de SC Johnson & Son Inc, lanzada en 2019. Link de visualización: https://www.youtube.com/watch?v=mJ9d0Y-_c0w

-Novela gráfica: Persépolis, de Marjane Satrapi, publicada en 2007 por Editorial Norma.

-Serie de televisión: Fragmento de Cien días para enamorarse, dirigido por Sebastián Ortega y producido por Underground en 2018. Link de visualización: https://www.youtube.com/watch?v=53LlU9EXFrs

 

Sobre reconocimientos, percepciones y expresiones del colectivo LGBTIQ+

-Novela juvenil: Los ojos del perro siberiano, de Antonio Santa Ana, publicada en 1998 por Editorial Norma.

-Poesía: Poemario Trans Pirado, de Susy Shock, publicado en 2011 por Ediciones Nuevos Tiempos, con poemas disponibles en su blog personal susyshock.blogspot.com

-Novela testimonial: Yo nena, yo princesa, de Gabriela Mansilla, publicada en 2016 por Editorial Universidad Nacional de General Sarmiento.

-Microrrelato: “Si no me dejaran amarte”, de Cecilia Solá, en Cartas para la manada, publicado en 2017 por Árbol Gordo Editores.

-Texto autobiográfico: “Máscaras”, de Magalí Tajes, en Arde la vida, publicado en 2018 por Editorial Sudamericana.

-Novela: La Chaco, de Juan Solá, publicada en 2016 por Editorial Hojas del Sur.

-Serie web: “Capítulo 9: Registro civil” en (A)Normal, producido en 2017 por Lavaca y Canal Abierto, emitido por VIMEO. Link de visualización: https://vimeo.com/248810595 

Autor

Vanina Gerez

Estudiante del Profesorado en Letras. Escritora.

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