«¿A cuántos pibitos más?»: La Chancha (2020)

Pablo (Esteban Meloni) vuelve desde Brasil a la provincia de Córdoba en plan de vacacionar junto a su actual esposa, Kelly (Raquel Karro), y su hijo, Joáo. La idea de un idilio de verano familiar queda trunca cuando la figura de Miguel (Gabriel Goity) desestabiliza los días de Pablo trayendo el pasado frente a él y con esto las vivencias y traumas de una infancia corrompida.

«El ídolo de todos los pibes” : la figura que corrompe

Franco Verdoia (La vida después, Contracapa), guionista y director de «La Chancha«, abre el argumento con la imagen de un pasado traído y simbolizado que se resignifica en el tiempo presente de la narración; unas manos adultas y masculinas cargan los cacahuates como alimento de animal. La imagen se construye con fragmentos que conforman la figura a vislumbrar de una Chancha (la mayúscula en función de la importancia del animal en la historia) en movimientos lentos dentro de un corral. La Chancha que muerde y traga, alimentándose en un espacio que apenas se observa con nitidez alrededor, y el gruñir tétrico que se repite constantemente a lo largo de la película a modo de leitmotiv complementan junto a la mirada testigo del animal el momento catalizador en la infancia del protagonista (Meloni); un trauma que, a simple vista, pareciera estar anulado, pero emerge con la misma fuerza que desgarra el sufrimiento en la adultez.

Fotos desde http://www.francoverdoia.com/bio.php

Antes de instalarse en una casa de hospedaje en Las Cumbres, provincia de Córdoba, vemos por primera vez a Pablo y a Joáo, la presencia filial más próxima con la que mantiene vínculo. El niñom con estetoscopio en mano y a modo de juego, no detecta latidos en el corazón de Pablo. Es un órgano en apariencia inactivo, un órgano silente, pero que habla a través del dolor y la bronca por lo impune que se esconde atravesado en su niñez, cuando una casualidad en la convergencia de decisiones lo pone en frente de Miguel, una persona proveniente de su infancia en Las Varillas, venerada y puesta en el podio como la figura de ídolo que los más chicos anhelaban ser; la figura transformada en victimaria que corrompe la infancia de Pablo a través de la violación. 

Acarrear el peso de la bronca, el dolor y la culpa, esta última por la nueva interacción que se abre entre Pablo, su familia y su victimario, como también la manipulación ejercida por este en el pasado, es lo único que al parecer le queda a la víctima…

En la construcción de la puesta en escena, Franco Verdoia recurre a una configuración de elementos que enfatizan el manejo de la tensión respecto a la interacción entre los personajes. Las corporeidades, la importancia del peso de la mirada y el sonido persistente del gruñir del animal en los momentos donde el pasado surge en el presente como forma imborrable del trauma. Las marcas actitudinales de las consecuencias del delito sexual perduran en la adultez de Pablo, trascendiendo más allá de la labor protectora de un padre/padrastro hacia un hijo respecto a los riesgos cotidianos; son las sensaciones del peligro que, lejos de haberse ido, aparece frente a la víctima y el miedo a la comprobación de su presencia a través de la mirada: la mirada reticente a la aceptación de lo que tiene ante él. 

Primera vez en dónde Pablo (Esteban Meloni) reconoce a lo lejos la figura de su victimario

Al comienzo, el encuentro entre los personajes se traza con una cierta escasez de diálogos, puntualmente al momento en que Pablo y Miguel comparten una comida dentro del marco de los festejos de Semana Santa y la representación del vía crucis donde se ubica a Miguel en la posición de fiel creyente. Frente a frente en la mesa, entre charlas que remiten a cuestiones ínfimas del pasado, Pablo esquiva las miradas impacientes de Miguel, que sabe a quién tiene delante, aunque se encargue de negarlo. En el ir y venir de las conversaciones entre ambas esposas, Kelly y Alicia (Gladys Florimonte), frente a sus maridos, surge la imagen del ídolo actual, en la adoración que siente el nieto del victimario hacia el mismo: el patrón de admiración y afectividad que parece repetirse. 

«Miguel, ¿cuántos años tenés? Porque siempre me quedó la duda de que vos eras bastante más grande que yo, ¿no?” “¿Te acordás cuando íbamos a darle de comer a los chanchos que cuidaba tu viejo?” “Había un tacho grande lleno del maní ese con cáscara que metíamos la mano y le dábamos de comer a los chanchos, ¿no te acordás?” “Éste era el ídolo de todos los pibes del pueblo. Estaba siempre rodeado de todos los pibes, los pibes lo seguían, todos querían estar cerca de él, todos queríamos ser como él… ¿No te acordás de la Chancha?   

Estas líneas en boca de Pablo se nutren de la impotencia apenas contenida que provoca la impunidad e hipocresía de la actitud de Miguel en lo que a su responsabilidad respecta y, sobre todo, en aquel contexto de cuaresma. El choque con el pasado y la negación de los hechos por parte del victimario repercuten en la intimidad del protagonista que es invadido por la amenaza a su virilidad masculina, viéndose impulsado, por la consecuencia de lo ocurrido siendo niño, a buscar, sin éxito, el acto sexual con su esposa de manera bruta. Esto da paso de forma automática al encuentro directo con la soledad del dolor, construida con la figura de Pablo completamente plasmada con lo oscuro de la penumbra.  

Fotos desde http://www.francoverdoia.com/bio.php

Con la situación que lo desborda y una intención trunca de ponerle fin a lo acontecido, la figura de la Chancha vuelve como testigo y espacio de los hechos de cara frente a un Pablo atónito. La mirada subjetiva del animal se resignifica como  la amenaza que no solo activa la memoria del trauma sino también la posibilidad de que los acontecimientos puedan repetirse en la figura de Joáo. Los signos del trauma que emergen habilitan la posibilidad de compartir con Kelly lo que Pablo calla, atravesado por lo desgarrador del llanto de un niño/hombre sin consuelo en brazos de su esposa, a quien es incapaz de mirar, un llanto mediante el cual expulsa la culpa y la responsabilidad ajena atribuida por la conducta y los “No digas nada…” de Miguel en su niñez. 

En las alturas de Las Cumbres, en lo alto de las aerosillas y por primera vez desde sus ocho años de edad, se produce el momento de la ansiada y esperada catarsis. Pablo en soledad con su victimario, y aislados del resto de la gente, vuelve a reprochar la negación de Miguel, su “falta de memoria” mientras el culpable se resguarda en una impune justificación: “Lo hacíamos todos, era así…” 

Fotos desde http://www.francoverdoia.com/bio.php

En “La Chancha” el desprecio por lo atroz, la necesidad y exigencia de respuesta nulas respecto a los porqué -“eras más grande, me que tenías haber cuidado”- y el reproche desgarrador a la figura que se aprovecha de la vulnerabilidad y roba la inocencia de los más frágiles haciendo uso de su poder son las cosas que la víctima tiene como único canal al cual recurrir; ante la ausencia de una imagen judicial solo queda la idea de una justicia catártica y el alerta respecto a la incertidumbre de saber: ¿a cuántos pibitos más? 

Mirá el tráiler:

Autor

davidjuanjosepasos

Estudiante de la licenciatura en Artes Audiovisuales en la Universidad Nacional de las Artes. Guionista, cuentista y redactor.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *